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Stand by carpe diem

Tenía solo diecisiete años cuando las agujas habían tomado los soportales de Madrid. Seducido por su brillo cayó enganchado irreversiblemente, sin paliativos, directo a ese lugar oscuro. Pensaba que ya nada le detendría, que había encontrado su camino, su huida hacia adelante favorita.

Fue el undécimo día de jarana, mientras en aquel portal apretaba la goma del arnés con el que escalaría al cielo, cuando apareció aquella pelota. Pum! En toda la cara! «¿Quien coño ha osado interrumpir mi pico?» Apareció un hombre mayor, aún con unos pocos pelos blancos, gabardina Capone, mirada vidriosa, corto de hechuras pero sonrisa larga, y le dijo: «Mis chavales te han visto jugar. ¿Quieres entrar en mi equipo?»

Mmm, no, no, no, espera… Puff! esto no fue así… ¿El fútbol le salvó la vida? No exageremos, puede ser, pero no ocurrió de este modo. Reset.

Tenía solo diecisiete años cuando entró en el equipo. Un outsider infiltrado entre todos aquellos chicos de cantera. Empezó por la banda izquierda, la de los divergentes, y pronto se convirtió en el ojito derecho de aquel abuelete, pues a las pocas semanas doblaba en goles al delantero oficial.

Ya a mitad de temporada apareció de la nada el día que solo comprendería diez años después, retrospectivamente. Era un sábado cotidiano, nada peculiar, iba después de un Viernes y antes de un Domingo, pero había partido, jugaban los mayores, esos a los que mirábamos desde abajo.

«Nos falta uno», dijo el capitán. El presi se dirigió diligente al entrenador: «Ya sabes lo que te voy a decir… Ponle, debútale, ese chico es bueno, se esfuerza por todos y técnicamente da gloria verle a veces, es diferente, este es el mejor de todos.»

Él quería ser el mejor pero al mismo tiempo igual que los demás, jugar con ellos, simplemente divertirse pergeñando fútbol. Curiosa paradoja que le perseguía más rápido que cualquier defensa.

La cucaracha sopló el pitido inicial de aquel partido y él empezó a correr eufórico, con ilusión desbordante. Realmente y a pesar de todo era solo un encuentro más, veintidós tíos que sublimaban su cavernícola dándole patadas a una cosa redonda, pero era el partido de su vida, aunque aún no lo sabía. No fue aquel día que metió diez goles y el árbitro extraordinariamente le pidió un autógrafo o el día que emuló desde su campo a Maradona y a Messi. El partido era este.

Ya desde el minuto uno se dilucidaba el percal, aquello no iba a ser un juego, sino una guerra. Ellos la habían declarado aunque él no la quería, ni la necesitaba. En una cancha embarazada de barro que rompía aguas, el salvajismo derrapaba en la selva de Carabanchel. Violencia gratuita por menos de tres euros, eso no era fútbol, era una invitación al delito.

En el minuto cinco de partido ocurrió: Jacobo, el central indestructible, un bigardo de casi dos metros e incontables kilos magros recibió la bola. Mayo se encontraba a solo dos charcos de él y presenció aquel momento en primera fila. El contrincante llegaba enloquecido pero Jacobo, fuerte, confiado en sí mismo, muy seguro de sus piernas, las clavó en el suelo para según él, repeler la embestida. Mala idea. Demasiado seguro de sí mismo, en exceso, síntoma claro de estupidez. Hitler y los mártires de la yihad fueron paradigmas de la hipercertidumbre, rehenes de sus convicciones, esclavos de sus pensamientos, tanto que cuando la realidad se desvía un poco y toma su propio rumbo, mueren, matan y se suicidan.

El neanderthal se tiró al suelo como un Jumbo aterrizando y… la tibia se quebró en dos. Los gritos de dolor se oían en las antípodas. Veinte añitos tenía y esa pelota fue la ultima que rascó, al menos a nivel de federados.

Mayo quedó conmocionado. Abrió su espinillera para aliviar el dolor pero su pierna continuaba intacta. Quedaban 85 minutos para lidiar con esos animales a los que el árbitro parecía haber otorgado patente de caza. Era su primer partido, jugaba con gente mayor que él y tenía mucho miedo pero iba a seguir jugando. ¿Qué hacer? Desarrollar su visión. Pedía el balón y corría la banda, se iba de uno y ya le venía el segundo a tumbarle. La misma jugada siempre, el día de la marmota, el eterno retorno.

Descubrió no obstante una teoría: Las personas con ojos grandes, exoftalmos, veían un poco más que los demás. Aún cuando la ciencia no podía demostrarlo, la esclerótida, blanca, brillante, luminosa, les confería una cierta visión periférica adicional. Así podía ver venir al segundo nibelungo y dar el saltito de turno para que no le pillara las piernas apoyadas en el piso.

Caer y levantarse, ser derribado y levantarse. Como si de un Sisifo goleador se tratara, su tan manida resiliencia proseguía sin descanso. Llegó un momento que ya se reía un poco de la jugada. ¿No saben hacer otra cosa?

Pensó en utilizar otra táctica: Su mirada intensa, heredada de la rama materna leonesa, más de pueblo, que al parecer ayudaba al conjunto a intimidar, aunque sus amigos, que le conocían bien, se descojonaban de eso cuando se lo contaba. No funcionó.

De hecho, la única muestra registrada de violencia hasta la fecha, oficial u oficiosa, física o psicológica, ocurrió en otro partido un mes atrás, cuando devolvió un puñetazo regalado por un central en Villaverde Bajo. Es de bien nacido ser agradecido. Aquel día, cuando se sacaba de banda, llovía en la espalda, aunque no se atisbaban nubes locales y al final de la contienda ocurrió lo inevitable: La benemérita tuvo que sacarlos de allí para evitar que acabaran con todos.

En este otro partido sin embargo, la única alternativa era correr, luchar y salir con las dos piernas intactas. De momento se había conseguido.

Llegó el descanso. En la caseta todos estaban callados, las caras serias. La suya estaba como en la foto de la tarjeta de entrada en el club: reflexiva, compungida, cerrada, bastante ridícula, con los músculos contraídos y los ojos muy abiertos. Si ya había mucha tensión, él la iba a amplificar, como una onda gravitacional en busca de una supernova.

La segunda parte fue un calco de la primera… pero confirmó que su teoría era correcta. A pesar de todo, 0-6 y pa casa. Vapuleados y con el rabo entre las piernas… pero vivos. «Pues no eramos tan buenos oye! El próximo no nos pasará!» Ya el siguiente encuentro, de nuevo convocado, vencieron a un rival mejor posicionado en la tabla, paradojas del balompié.

Salto cuántico… diez años después. Era 2005, un 11-S fácil de olvidar, él tenía 27 años y se dirigía al trabajo, en su primera empresa. Una calle curva, torcida, engañosa, de unos 200 metros, era el último tramo que le separaba de las puertas de la tecnología punta. Iba escuchando Guns and Roses en un mp3, despistado, pensando en alguna nube, atontado. Su impaciencia absurda le llevó a cruzar la calle, aún cuando se divisaba un paso de cebra cien metros adelante y la visibilidad era nula debido a los vehículos bien y mal aparcados. Miró una vez y no volvió a mirar, cruzó casi en perpendicular.

En una décima de segundo percibió algo, la esclerótida había advertido una amenaza, elevando todo el sistema a DEFCON 1. En un acto reflejo o probablemente aprendido, dio un saltito, el mismo que empleaba para evitar ser segado por sus amados rivales, una décima de segundo antes de que se detuviera el tiempo.

El siguiente instante, para él el segundo siguiente, para el resto del mundo un minuto después, se encontró tirado en medio de la carretera y con una visión nada alentadora: Un Mercedes gigante enfrente de él a unos seis metros, que por alguna razón extraña lucía un parabrisas destrozado con un círculo rojo en el medio, a modo de diana. Un abuelete le miraba aturdido, acojonado o preocupado. Él se levantó para observarlo de cerca y porque quería ir al trabajo, pero al apoyar la pierna, esta falló.

Bueno, pensó: «No me ha atropellado un Seat Panda, hubiera sido una verguenza injustificable morir o quedarme sin piernas así. Por lo menos fue un Mercedes de gama alta»

Ya en el hospital, tras varios puntos en la pelots y la escayola pertinente en la rodilla, le examinaron el melón. Todo parece bien, cabeza dura, aunque tiene usted un bulto aquí detrás, en la parte posterior del craneo. «Si, es el moño occipital, viene de serie, lo tiene menos del 3% de la población, es herencia Neanderthal, no Sapiens, el cerebro más simple, por eso me ha pillao el coche. El resto igual!»

Le dieron el alta sólo tres horas después. Cuando salió a la calle, el mundo era diferente, parecía estar en otro planeta. «Mira Papá: Qué papelera tan increible! ¿Has visto esa farola cómo se erige? Guau!» El sólo hecho de permanecer sentado mirando una película de serie B o aún el techo era fascinante. Estaba vivo! o al menos bastante ileso, vete a saber.

El mes siguiente, al cruzar la calle, esperaba treinta segundos en los pasos de cebra para estar seguro de la jugada. Luego, caminaba sobre las líneas blancas, ahí estaba la luz, la esclerótida, equivocarse y salirse era el negro, la oscuridad, quizás el fin. Le duró poco el trauma porque unas semanas después estaba cruzando igual, aunque con algo más de cuidado. La rutina nos hacía olvidarnos de todo… Sus amigos le decían: «Te ríes menos. Antes estabas siempre riéndote». «Bueno, el 95% del tiempo se me olvida y me río igual, además las bolsas de nicotina no ayudan joder!»

El mes posterior fue frenético. Por primera vez era consciente de que no era inmortal, de la fugacidad de la existencia, de que tal vez ya era un fantasma amarrado a un recuerdo. Quería aprovechar el momento, carpe diem que dicen. En su clásica línea competitiva y de nuevas experiencias, se abrió como nunca, para lo bueno y lo malo, como es siempre, y del mismo modo que con los goles, pulverizó los records locales en diversas parcelas. Parecía un puñetero imán gigante en movimiento, la empatía fuera de control, una reencarnación de Pigmalión. Su sistema inmunológico, aparentemente privilegiado, libraba una guerra, la de Troya, cuya causa era conocida y el caballo era él. Sus amigos le repetían esa frase que ya había oído alguna vez: «Nos has sorprendido» Y a continuación: «Quizás debes parar un poco»

Efectivamente era el momento de frenar porque ese chute de dopamina mezclada con endorfinas y su sistema de baja inhibición latente lo abrumaban. No era sostenible. Ese minitsunami lo iba a matar! La intensidad de la vida podía ser compatible con la muerte. Piano, piano, dicen, pero el piano invoca a la musa, lo irracional, opuesta a la razón. Se preguntaba ya en sus digresiones posteriores si el orden y el caos, los defectos y las virtudes, la simetría y la asimetría, el conocimiento y la ignorancia, el miedo y la seguridad, los disfraces y la desnudez no eran en el fondo lo mismo. Fuerza y debilidad. Esta subidita no va a salir gratis Mayo.

La madurez es sabia y lógica pero limita, pensó. No se puede estar en misa y repicando. No es posible ir en línea recta al entrar en la montaña rusa. No se ha inventado aún la adrenalina sin efectos secundarios, las endógenas funcionan igual que las exógenas. Igual incluso se puede ser un hombre con ojos de niño para capear. Puede que debiera desaprender lo aprendido, continuar en esa línea autodidacta y empezar de nuevo. Sabía que era independiente y la tolerancia aprendida, quizás también para tolerarse a sí mismo, aumentaba cada día más.

Discurrieron años de eterna madurez, mezclada con una dosis pequeña de niñez, la necesaria para volver a ver el mundo diferente. Muchas preguntas surgían… ¿De qué valía la autoexigencia?, ¿No eran estúpidas las innumerables cosas que había logrado?, ¿Donde está el punto medio de la condición humana?, al final todo es inocuo, relativo, poco importante pero ¿Por qué seguimos cayendo en la trampa que nos han preparado un Dios graciosillo?, ¿La plata, las musas o el reloj conquistados tenían algún valor? Igual simplemente lo hubiera cambiado todo por ella, la que nació maquillada.

Salto cuántico… diez años después. Todo había cambiado, pero de algún modo él era el mismo y se encontraba en el mismo momento, como si aquella acción fantasmal a distancia hubiera aplanado el tiempo. Aún seguía jugando futbol, en el Real Buenosaires, un equipo excelente que se jugaba la liga contra la Real Buenavista, espectacular también.

Partido de ida: Empate a cero. El respeto y el miedo, la impaciencia y la tensión absurdas marcaron el encuentro. Un péndulo que se acercaba y se alejaba en medio de un campo magnético.

Influía decisivamente, de manera clave curiosamente un equipo que no jugaba: La Real Marrakech, otro equipo increible. El Real Buenosaires había disputado innumerables partidos contra ellos y el vínculo era enorme pero hacía tiempo que aquellos encuentros se habían convertido casi en amistosos. El Real se daba cuenta de que continuar era terminar en el foso de banda, en ese absurdo lado oscuro, muerto, para ambos equipos, independientemente del resto del planeta fútbol. De los 200 países reconocidos por la ONU para jugar al fútbol, el Real quizás preferiría viajar a otro cualquiera distinto a Marruecos para disputar un partido o quizás a uno en concreto.

Le llegó finalmente el comunicado a La Real Marrakeck. Romper el pasado, aliviar la banda izquierda, chapar el estadio, comerse a los cocodrilos del foso, contratar a los cazafantasmas. Reir también y vomitar lágrimas.

La Real Buenavista había despertado al Real y de ahí que tuviera que estar siempre agradecido, independientemente del partido. Era su némesis, a veces su espejo, sincronía en diferido, aprendía con La Real.

Habría un partido de vuelta y no quedaría a cero. No sabía que tipo de partido sería, pues le habían roto recientemente la bola de cristal. No ganaría ninguno, era un WIN-WIN, algo que no solía darse en los partidos del deporte rey, donde el ego solía triunfar.

Bueno… esta es solo una historia. No hacía falta ponerse tan intensito, al final, todo esto solo es un partido de fútbol.

Gracias.

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