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Ulises XII: Parches en un ojo enfermo

Vamos a ver aquí un ejemplo de la capacidad imaginativa de Joyce para hilvanar ideas compaginando de forma improvisada y escueta los objetos que sus personajes ven por la calle con los pensamientos que le traen a la memoria.

En el capítulo 4, Leopold Bloom acaba de salir de casa tempranito a comprar su riñón de cerdo.

Regresa a casa muy relajado. Hace una mañana de junio espléndida y se complace siguiendo el bamboleo de caderas de la chacha del vecino de al lado, por la ya mítica Eccles Street.

Foto Eccles Street. Fuente: Google Joyce maps

Observa entonces los letreros de alquiler colocados en las ventanas de los edificios aledaños…

 

Parlour windows plastered with bills. Plasters on a sore eye.

Las ventanas del salón parcheadas de letreros. Parches en un ojo enfermo.

 

El sufrimiento de Joyce

James Joyce

Foto El gran Joyce, estoicamente. Fuente: The Irish Times

James Joyce padeció el síndrome de Reiter, caracterizado por la uveítis, inflamación de la úvea (capa vascular del ojo por debajo de la retina), contraído tras una infección venérea (sífilis o tuberculosis) en su época de estudiante, cuando frecuentaba el Barrio Rojo de Dublín. Su declarada dipsomanía no hizo sino agravar el mal.

Llevó gafas de hipermetropía (17 dioptrías) con voluminosos cristales convexos que agrandaban y deformaban el aspecto de sus ojos.

Tuvo posteriormente un episodio de iritis y glaucoma en el ojo izquierdo que le dejó prácticamente sin visión.

Fue sometido a lo largo de su vida a 13 intervenciones quirúrgicas, incluida la extracción de sangre de los ojos mediante sanguijuelas, técnica muy en boga en la época.

 

Foto El pirata Joyce, con cara de resignación. Fuente: The Irish Times

En 1930, la agudeza visual del escritor se reducía a 1/30 en su ojo derecho y a tan sólo 1/800 en su ojo izquierdo, cifras que se enmarcan dentro de lo que se considera “ceguera legal”.

Acabó tapándose el ojo izquierdo con un parche triangular negro, ya que de nada le servía.

En estas condiciones escribió Ulises durante 8 años y su última y laberíntica novela Finnegans Wake, en la que tardó nada menos que 17.

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